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  • Foto del escritorPrepa Ibero Mérida

El mundo sigue allí (aunque cerremos los ojos)

En este artículo, redactado para la clase de Lenguaje y Literatura III, el autor, Matías Arón, estudiante de Prepa Ibero Mérida, recuerda que ningún sistema alterno al capitalismo concluyó sus días adecuadamente, sin embargo, exige buscar nuevas alternativas, porque el capitalismo que genera tanta desigualdad no debería seguir siendo una opción para ninguno de nosotros.


Por: Matías Arón Romero


Desde hace siglos, nuestra sociedad vive en un mismo sistema. Casi en todo el mundo, el capitalismo ha gobernado el mundo, desde mucho antes de tener nombre. Cada ciudadano, por su cuenta, intenta exprimir todo el jugo que pueda a cualquier cosa que pueda resultar lucrativa, sin importar a cuántos pueda aplastar en el proceso.


La sociedad es estamental, estratificada en clases muy evidentes, que definen por completo el estilo de vida de todos y cada uno de nosotros. Las clases de abajo dan su vida por las de arriba. Trabajos exhaustivos, monótonos y enajenantes, con salarios apenas suficientes para vivir una vida digna, o para no hacerlo.


Pocas veces se ha intentado hacer un cambio, desde la raíz. Pocas veces, que no han llegado muy lejos; no lo suficiente. Necesitamos un nuevo cambio.

Sin duda, Estados Unidos es la potencia que ha encabezado la implantación de este sistema a todo el mundo, acción que le ha permitido explotar los recursos de países en desventaja y generar mayores condiciones de pobreza en distintas partes del mundo. Fuente de la imagen: Centro de Competencia

Primero que nada, es vital romper un estigma muy común en nuestro país. El pobre no es pobre porque quiere. Ni siquiera el que nace pobre y muere pobre. Las oportunidades son inaccesibles para las clases bajas, la discriminación cierra puertas y desde las condiciones de vida en que el sistema educativo define futuros desiguales.


El filósofo Michael Sandel lo explica mejor que yo. Explica que, además del valor monetario que los padres adinerados pueden proporcionar a sus hijos, en el sistema educativo siempre hay más oportunidades para los más ricos. Explica que en las universidades más prestigiosas de EUA, hay más estudiantes del 1% más rico que del 60% más pobre.


Además, habla de cómo esa perspectiva transforma nuestra actitud ante el éxito. Si las personas exitosas piensan que absolutamente todo su éxito proviene de su esfuerzo, también pensarán que todos los que no tienen éxito, no lo merecen.


El sistema meritocrático en que vivimos establece que el nivel económico debe ser proporcional al trabajo del ciudadano, sin embargo, si se pudiera aplicar la misma cantidad de esfuerzo requerido para escalar en la pirámide social empezando desde abajo, a una “carrera” con la misma línea de partida, los resultados serían mucho más homogéneos. Nadie debería trabajar más para obtener menos.


Después de todo, ¿quien se esfuerza más? ¿El chalán que carga cincuenta kilos por viaje y realiza más de 100 viajes al día o el director general que, en esa misma jornada, platica por teléfono con sus socios y amigos, sale a comer con los clientes y da órdenes a través de teléfono a sus empleados?


Pero incluso si no fuese así, incluso si la línea de partida fuera igual, la pobreza es desoladora. El hambre es cruel y las condiciones de vida llegan a ser infrahumanas.


Nadie, ni por “huevón” ni por “tonto” merecería eso (pero aparte, no es el caso). Vemos la vida como un juego, una competencia, con un solo ganador y nadie se detiene a ver qué pasa con los que no se llevan el premio.


El consumismo, otra de las caras del capitalismo y síntoma, sin duda, de una posmodernidad que compra para olvidar. Fuente de la imagen: lagranada.org

Muchos discrepan, argumentan que cada quien debe esforzarse por ganar su propio sustento. Cada quien busca lo mejor posible para sí mismo y para lo suyos. Es una punto de vista casi darwinista. Si eres apto, llegarás lejos. Quizá tengas suerte. Quizá no.


Además, ¿qué opción tenemos? ¿Convertirnos en la Rusia de Stalin? Ni siquiera la China de Mao Tse Tung parece una buena idea. Nunca se ha aplicado un sistema socioeconómico alterno al capitalismo de manera totalmente funcional y sin caer en doctrinas totalitarias que terminan por oprimir las libertades fundamentales de los ciudadanos. Al menos no en sistemas grandes, ni duraderos.


Y es que Marx erró ahí. Un “comunismo” requiere una comunidad y no lo somos... aún no. Mientras el egoísmo lidere una forma de vida en que la competitividad nos impulse a aplastar al adversario para ganar más, tener más o ser más, no lo seremos.


Sin embargo, creo que debemos intentarlo. “La supervivencia del más apto” habla de especies, pero en nuestro sistema cada ciudadano evoluciona como partícula, pero como especie… como sociedad, nos quedamos atrás. Estamos envueltos en la falta de empatía, que nubla nuestro juicio, y ciega nuestra voluntad de ayudar. Un masivo efecto espectador, “que alguien más ayude. Yo no puedo”, así como un efecto inverso, un “no ver” por qué la pobreza exhorta un cambio.


Ya se ha dicho que ninguno de los sistemas que se han usado anteriormente fueron óptimos en absoluto. Nuestro mundo ha visto muchas distopías reales en forma de dictadura. No obstante, nuestra realidad también es distópica. Tampoco es funcional. La desigualdad es aplastante.


Así, los únicos con el poder de cambiar las cosas son aquellos en la cima de la pirámide, los cuales, por supuesto, no quieren.


En su lugar, observan desde su atalaya, el caos que se desarrolla a sus pies y con él suben aún más, porque desde pequeños les fue inculcado ese dañino individualismo que nos fue inculcado también a todos nosotros, como si también fuéramos industrializados, producidos en masa.


Es imperativo buscar nuevas soluciones. Los “ismos” políticos que tenemos en la actualidad no son suficientes. Hay más que podemos (que debemos) hacer para llegar a un mundo mejor. Tenemos que cambiar por completo nuestra ideología: entender que hay un mundo fuera de nuestras mentes y que todas nuestras acciones significan algo. Grande o pequeño, positivo o negativo.


A fin de cuentas, cuando cerramos los ojos, el mundo sigue ahí.


Edición y pie de fotos: Alejandro Fitzmaurice


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